Encuentran an0 de hombre en comida de un rest…Ver más

¡PÁRENLE A SUS PRENSAS Y SUELTEN EL BOLILLO PA’L SUSTO! ESTA NOTICIA LES VA A REVOLVER HASTA LA PRIMERA COMUNIÓN.
TÍTULO PRINCIPAL: ¡TERROR EN EL PLATO! LA PESADILLA GORE QUE NADIE CREYÓ POSIBLE: CLIENTE ENCUENTRA EL “CHIKIS TRIKIS” (SÍ, UN ANO) HUMANO EN SU CALDO DE BIRRIA EN UN POPULAR CHANGARRO DE LA CIUDAD. ¡SE DESTAPA UNA CLOACA DE HORROR SANITARIO!
SUBTÍTULO DE IMPACTO: El titular que te apareció en el celular y pensaste que era broma, ¡ES REAL! Ese maldito “…Ver más” escondía la historia más asquerosa y perturbadora del año. Prepárate, porque después de leer esto, no volverás a ver un taco de “surunda” con los mismos ojos. ¡Guácala qué rico! (Nótese el sarcasmo, raza).
POR: EL “TUNDEMÁQUINAS” RAMÍREZ / CRÓNICA ROJA GASTRONÓMICA
CIUDAD DE MÉXICO (DONDE SI NO TE MATA LA CONTAMINACIÓN, TE MATA LA COMIDA).– ¡Ay, nanita! Mis valedores, si ustedes son de los que piensan que ya lo han visto todo en esta selva de asfalto, si creen que los tacos de perro de la esquina eran lo peor que le podía pasar a su estómago de acero, permítanme decirles que están muy equivocados. La realidad, esa perra cruel, acaba de superar a la ficción de la manera más grotesca posible.
A todos nos llegó esa notificación maldita al celular. Íbamos en el metro, o echando la garnacha de mediodía, cuando de repente: “Encuentran an0 de hombre en comida de un rest…Ver más”.
La mayoría pensamos: “¡Bah! Seguro es clickbait. Seguro es un pedazo de tripa de res mal cortada y la gente es bien exagerada”. ¡ERROR GARRAFAL! El morbo nos pudo, le dimos clic al “Ver más”, y lo que encontramos fue la puerta al infierno culinario.
CRÓNICA DE UN VÓMITO ANUNCIADO
Todo comenzó ayer, a eso de las 3:00 de la tarde, la hora pico del hambre godín. El escenario: “Birria y Consomé ‘El Sabor del Abuelo'”, un changarro de esos que siempre están hasta el gorro, ubicado en una colonia popular de la alcaldía Cuauhtémoc, famoso por sus porciones generosas y sus precios “bara-bara”.
Ahí estaba Don Chema, un taxista de 55 años, con el estómago pegado al espinazo después de ruletear todo el día en el tráfico infernal. Don Chema, cliente frecuente, pidió lo de siempre: “Un plato grande de birria surtida, con harto caldito, cebolla, cilantro y su limoncito pa’ cortar la grasa”.
El mesero le trajo el manjar humeante. Don Chema, salivando como perro de carnicería, chopeó su tortilla y le dio el primer sorbo al consomé. “¡Chulada!”, pensó. La carne estaba suavecita… bueno, casi toda.
A mitad del plato, mientras cuchareaba con singular alegría, Don Chema sintió algo raro en la boca. No era la textura fibrosa de la carne de chivo, ni lo suavecito del gordito. Era algo… elástico. Chiclosos. Como morder una liga para el pelo o un calamar mal cocido.
“Pinche Chema, ya te tocó un pedazo de nervio duro”, se dijo a sí mismo, intentando masticar el bocado rebelde. Pero nomás no se deshacía.
Con esa curiosidad que mató al gato (y que a Don Chema casi le mata el apetito de por vida), se sacó el bocado de la boca con dos dedos. Lo puso sobre una servilleta de papel. Limpió el exceso de caldo rojo y chile.
Y entonces, se hizo el silencio en la mesa.
Sus ojos se abrieron como platos. Su cerebro intentaba procesar lo que veía, pero se negaba a aceptarlo. No era un nervio. No era un pedazo de buche.
Era un anillo. Un anillo de carne arrugada, de un color marrón oscuro, con una textura inconfundible de pliegues radiales. Era pequeño, sí, pero la forma era innegable.
Don Chema, que en sus años mozos había trabajado un tiempo en una funeraria, sintió que la sangre se le iba a los talones. Reconoció la anatomía.
— “¡NO MAMES! ¡QUÉ PEDO ES ESTO!”, gritó Don Chema, aventando el plato que cayó al suelo, salpicando de caldo rojo a la señora de al lado.
El taxista se levantó como resorte, con las manos en la garganta, y ahí mismo, en medio del pasillo, soltó todo lo que había comido en una arqueada digna de El Exorcista. ¡Guácala!
EL ZAFARRANCHO EN “EL SABOR DEL ABUELO”
El grito de Don Chema y su posterior “guacareada” alertaron a todo el restaurante. La gente empezó a murmurar. El dueño, un tal Don Braulio, salió de la cocina con el mandil manchado de grasa, cara de pocos amigos y un cuchillo cebollero en la mano.
— “¿Qué es este pinche escándalo? ¡Están espantando a la clientela!”, bramó Don Braulio.
Don Chema, pálido como un fantasma y temblando, solo podía señalar la servilleta en la mesa. — “¡Mire, cabrón! ¡Mire lo que me salió en la birria! ¡Eso es un culo, Don Braulio! ¡UN P U T O CULO HUMANO!”.
La clientela se acercó a ver. Una señora se desmayó. Otro tipo empezó a grabarlo todo pal’ TikTok. Don Braulio intentó agarrar la servilleta para desaparecer la evidencia, pero Don Chema, sacando fuerzas de flaqueza, se la arrebató.
— “¡Ni madres! ¡Esto se lo lleva la tira! ¡Ustedes están enfermos!”.
En cuestión de minutos llegaron las patrullas y, más importante, los de Regulación Sanitaria, esos que traen los chalecos caqui y cara de que no les das mordida fácilmente.
LA VERDAD DETRÁS DEL “VER MÁS”: UNA CLÍNICA DEL TERROR
Aquí es donde la historia se pone digna de una película de terror mexicana clase B. Los peritos se llevaron la “evidencia” en un frasquito estéril. Horas después, el rumor se confirmó en el forense: Efectivamente, se trataba de un esfínter anal externo… de origen humano.
¿Cómo carajos llegó eso a la olla de la birria?
La investigación no tardó mucho. Resulta que justo arriba del restaurante, en el segundo piso del viejo edificio, operaba una “clínica estética” clandestina. De esas que te cobran dos pesos por una lipo y te operan en una mesa de masajes con anestesia de dudosa procedencia.
La “Clínica de Belleza Integral ‘Afrodita'”, regentada por un tal “Doctor” (que resultó ser un veterinario trunco), realizaba procedimientos quirúrgicos al margen de la ley.
La teoría de la Fiscalía está para no dormir: Al parecer, el día anterior, realizaron una cirugía de hemorroides o alguna reconstrucción en esa zona a un paciente. El “desecho biológico” (o sea, el pedacito de ano que cortaron), en lugar de ser depositado en los contenedores rojos de residuos peligrosos como marca la ley, fue tirado… ¡AL DRENAJE COMÚN!
Y aquí viene lo peor, raza. La tubería del viejo edificio estaba tan picada y jodida, que tenía una filtración justo en el techo de la cocina de “El Sabor del Abuelo”.
Sí. Así como lo leen. El “anillo de carne” viajó por el caño, se filtró por una grieta en el techo y cayó, plop, directito en la olla gigante donde se cocinaba la birria a fuego lento durante toda la noche. Se coció junto con el chivo, el laurel y el guajillo.
¡A LA BESTIA! ¡Qué pinche asco!
EL DESENLACE: CLAUSURA Y TRAUMA DE POR VIDA
El restaurante fue clausurado inmediatamente con esos sellos grandotes que dicen “SUSPENSIÓN DE ACTIVIDADES POR RIESGO SANITARIO”. La clínica de arriba también fue desmantelada y el falso doctor ya está calentando cemento en el Reclusorio Norte.
Don Chema, nuestro desafortunado héroe, está en terapia psicológica. Dice que no puede ver ni un Cheerío sin que le den ganas de vomitar. Ha jurado que de ahora en adelante solo comerá pasto, como las vacas.
Esta historia nos deja una lección muy valiosa, mi gente: Siempre, pero SIEMPRE, revisen bien lo que se meten a la boca. Y si el taco está muy barato, duden. Duden mucho.
Porque en esta ciudad, uno nunca sabe si se está comiendo un manjar de los dioses o… bueno, la parte final de la digestión de un desconocido. ¡Provechito! (Si es que pueden comer después de esto).