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Se enamoro y se casó con este hombre si saber que era rico mira que le pasó …Ver más

Se enamoro y se casó con este hombre si saber que era rico mira que le pasó …Ver más

 

¡PÁRENLE A SUS PRENSAS Y AGÁRRENSE DE LA SILLA PORQUE ESTE CHISME ESTÁ MÁS CALIENTE QUE UNA SALSA DE HABANERO!

¡DE VENDER GORDITAS EN EL MERCADO A REINA DE LAS LOMAS! LA INCREÍBLE Y ESCANDALOSA HISTORIA DE LUPITA: SE ENAMORÓ PERDIDAMENTE DE UN “VAGO” SIN UN QUINTO EN LA BOLSA, ¡Y RESULTÓ SER EL HEREDERO MÁS CODICIADO DE MÉXICO! ¡NO VAS A CREER EL INFIERNO Y EL PARAÍSO QUE VIVIÓ DESPUÉS DEL “SÍ, ACEPTO”!

Por: “El Chismoso de la Cuadra” – Tu fuente número uno de mitotes reales.

Amigos, amigas, raza querida que me lee: prepárense un cafecito con piquete o tráiganse las palomitas, porque la historia que les traemos hoy supera cualquier guion de telenovela de horario estelar. Olvídense de “María la del Barrio” o “Rubí”, ¡esto pasó en la vida real, aquí meritito en nuestro México mágico, y está para dejarte con el ojo cuadrado!

Todos vimos ese titular que circuló en redes sociales, ese ganchito que nos decía: “Se enamoró y se casó con este hombre sin saber que era rico, mira qué le pasó…”. ¡Ay, la curiosidad mató al gato, pero a nosotros nos dio vida! Le dimos clic al “Ver más” y lo que descubrimos es una montaña rusa de emociones, lujos, traiciones y un amor a prueba de balas (y de billetes).

EL COMIENZO: AMOR CON OLOR A CILANTRO Y CEBOLLA

Nuestra protagonista es María Guadalupe, a quien todos en su barrio de Iztapalapa conocen cariñosamente como “Lupita”. Una mujer luchona, chambeadora, de esas que se levantan a las 4 de la mañana para preparar la masa de las gorditas que vende en un puestito laminero cerca del metro. Lupita, honesta hasta la médula, nunca había tenido suerte en el amor; puros patanes que solo querían sacarle lo poco que ganaba.

Hasta que llegó él.

Un día cualquiera, apareció en su puesto un muchacho fachoso, con barba de tres días, unos jeans rotos (pero no de esos rotos de moda que cuestan una fortuna, sino rotos de verdad) y una mirada triste que derretía el acero. Se hacía llamar “Javi”.

“Jefa, ¿me fía una de chicharrón? Ando bien bruja ahorita, pero le juro que mañana le pago”, le dijo Javi con voz ronca. Lupita, que tiene el corazón más grande que su comal, no solo le dio la gordita, sino que le regaló un refresco. “Ándale, mijo, come, que las penas con pan son menos”.

Ahí empezó todo. El flechazo fue instantáneo. Javi empezó a ir diario. A veces pagaba, a veces no. Decía que hacía “chambitas” de albañilería o que ayudaba en mudanzas, pero siempre andaba con los bolsillos vacíos. A Lupita le valió gorro. Se enamoró de su sencillez, de cómo la hacía reír, de cómo la defendía de los borrachos que se pasaban de listos en el puesto.

EL BODORRIO HUMILDE QUE NADIE OLVIDARÁ

La cosa se puso seria rápido. En cuestión de seis meses, Javi, con lágrimas en los ojos y un anillo que parecía sacado de una maquinita de a peso, le pidió matrimonio. “Lupita, no tengo nada que ofrecerte más que este corazón amolado, ¿te avientas el tiro conmigo?”.

Y Lupita, valiente como ella sola, dijo que sí. Se casaron en el Registro Civil un martes por la mañana, con los testigos que agarraron de la fila. La fiesta fue en el puesto de gorditas: tacos al pastor, cerveza de cuartito y la música de una bocina tronada. Lupita era la mujer más feliz del mundo. Pensaba que se había casado con el hombre más pobre, pero el más bueno de la ciudad.

¡Pobrecita! No tenía ni la más remota idea del huracán que se le venía encima.

LA REVELACIÓN: ¡AGÁRRATE, GÜEY, QUE TE VAS PARA ATRÁS!

Dos semanas después de la boda, la “luna de miel” (que consistió en un fin de semana en un balneario de Morelos) terminó abruptamente. Javi recibió una llamada. Se puso pálido como la cera.

“Mi amor, tenemos que ir a ver a mi familia. Mi papá se puso malo”, le dijo Javi, temblando.

Lupita pensó: “Chin, seguro viven en un cuartito peor que el mío y necesitan para las medicinas”. Agarró los ahorros de la semana, unos quinientos pesos bien sudados, y se subió con él a un taxi.

Pero el taxi no enfiló hacia los barrios populares. Empezó a subir y subir hacia las zonas más “fifís” de la ciudad. Pasaron Santa Fe, se metieron a Bosques de las Lomas, ahí donde las casas tienen nombres propios y guardias de seguridad armados hasta los dientes en cada esquina.

Lupita empezó a sudar frío. “¿Javi, a dónde vamos? ¿Tu papá es el velador de una de estas casotas?”.

Javi no contestó. El taxi se detuvo frente a un portón de hierro forjado que parecía la entrada a un castillo. Unos guardias de traje saludaron militarmente al ver a Javi: “Buenas tardes, Joven Javier. Adelante, lo están esperando”.

Lupita sentía que se le salía el corazón por la boca. Entraron a una propiedad inmensa, con jardines que parecían campos de golf y una fuente donde cabía todo el puesto de gorditas de Lupita.

Al entrar a la mansión, que parecía museo, una señora vestida con ropa de diseñador y cara de haber chupado limón los recibió. Al ver a Lupita con sus tenis desgastados y su bolsa del mandado, la señora casi se desmaya del coraje.

“¡Javier Alejandro De la Garza y Mondragón! ¿Qué significa esto? ¿Quién es esta… muchacha de servicio que traes contigo?”, gritó la señora con un tono que cortaba el aire.

Javi, con una seguridad que Lupita nunca le había visto, agarró la mano de su esposa y dijo firmemente: “Madre, ella no es la muchacha de servicio. Te presento a Lupita, mi esposa. Y sí, es la señora de la casa”.

¡PUM! ¡Tómala! Lupita se enteró ahí mismo que su “Javi” el albañil, era en realidad Javier Alejandro, el único heredero de un imperio tequilero y de bienes raíces. Un multimillonario que, harto de las mujeres interesadas y plásticas de su círculo social, decidió vivir una “experiencia de pobreza” para encontrar el amor verdadero. ¡Y vaya que lo encontró!

LO QUE PASÓ DESPUÉS: EL INFIERNO TIENE PISOS DE MÁRMOL

¿Pensaron que aquí acababa la historia con un “y vivieron felices para siempre”? ¡Para nada, mi raza! Aquí es donde empezó el verdadero calvario para nuestra Cenicienta de Iztapalapa.

Lupita pasó de freír quesadillas a tener un ejército de chefs a su disposición. Javi le dio tarjetas de crédito sin límite, un clóset lleno de marcas que ella ni podía pronunciar (¿Gushi? ¿Versachi?) y chofer privado.

Pero la felicidad no se compra. Lupita se sentía como pez fuera del agua. En las cenas de gala, no sabía qué tenedor usar. Las amigas “fresas” de Javi la miraban por encima del hombro, murmurando cosas como “la naca que se sacó la lotería”. Se burlaban de su forma de hablar, de cómo se vestía, de sus raíces.

La peor era la suegra, Doña Gertrudis. Le hizo la vida de cuadritos. Le decía que era una “oportunista”, una “trepadora” que solo quería el dinero de la familia. Intentó pagarle a Lupita para que dejara a su hijo. ¡Le ofreció millones por el divorcio!

Lupita lloraba todas las noches en su almohada de seda egipcia. Extrañaba su barrio, a sus clientes, el olor a garnacha. Sentía que el dinero le estaba robando su identidad y, peor aún, que estaba perdiendo a su Javi, quien ahora pasaba todo el día en juntas de negocios y viajando en jet privado.

El matrimonio estuvo a punto de tronar. Lupita agarró sus pocas cosas viejas y estaba lista para regresar con su mamá. “Quédate con tus millones, Javi. Yo prefiero ser pobre pero feliz, no esta muñeca de trapo que tu familia quiere que sea”, le gritó una noche.

EL GRAN FINAL: ¡ARRIBA LOS TACOS, ABAJO LA HIPOCRESÍA!

Pero Javi, el Javi del que ella se enamoró, reaccionó a tiempo. Mandó al diablo a su madre y a la alta sociedad.

“Me enamoré de ti porque eres auténtica, Lupita. No quiero que cambies. Si no te quieren aquí, nos largamos”, le dijo él.

¿Y qué creen que pasó? Lupita tomó las riendas. No se divorció, ¡pero tampoco se dejó humillar! Usó el dinero de Javi para lo que ella sabía hacer mejor: ayudar.

Transformó la mansión. Los fines de semana, organizaba taquizas gigantes en los jardines para los niños de los orfanatos. Convirtió el garaje de coches de lujo en un centro de acopio. Y a la suegra… ¡Ay, a la suegra! En la cena de Navidad más importante de la alta sociedad, Lupita llegó vestida con un huipil oaxaqueño espectacular, más caro y elegante que cualquier vestido francés de las otras viejas, y sirvió, en platos de porcelana fina… ¡Gorditas de chicharrón prensado!

Fue un escándalo, pero también un éxito rotundo. Todos los ricos terminaron chupándose los dedos. Lupita demostró que el barrio no se quita, se presume.

Hoy, Lupita y Javi siguen juntos. Siguen podridos de dinero, sí, pero Lupita no olvida de dónde viene. Abrió una cadena de restaurantes de comida mexicana auténtica que da empleo a cientos de personas de su antiguo barrio. Sigue hablando con groserías cuando se enoja, sigue comiendo tacos en la calle y, sobre todo, sigue amando a su “vago” millonario que la engañó para bien.

¡Qué historia, mi gente! ¡La realidad siempre supera la ficción! Así que ya saben, la próxima vez que vean a un muchacho fachoso pidiendo fiado, ¡no lo traten mal! ¡Uno nunca sabe si es el próximo dueño de media ciudad!

¡Comparte si tú también crees que el amor verdadero vale más que todo el oro del mundo, pero que si viene con oro, pues qué mejor! ¡Ajua!

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