¡MADRE DEAMBULA CON SUS DOS HIJOS PEQUEÑOD POR… Ver mas

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CRÓNICA ROJA: EL CRUCE DE LOS MUNDOS. CUANDO EL “LIKE” DE UNA INFLUENCER CHOCA CON LA REALIDAD DE LA CALLE Y LA TRAGEDIA DE UNA TROCA DESBOCADA

POR: LA REDACCIÓN / CIUDAD DE MÉXICO, MADRUGADA DEL SÁBADO.

La Ciudad de México es un monstruo de mil cabezas que nunca duerme, una bestia de asfalto donde conviven, a veces a centímetros de distancia, realidades que parecen de planetas distintos. Es un lugar donde el lujo más insultante se codea con la miseria más cruda, separados apenas por el cristal polarizado de una camioneta del año. Pero anoche, en el cruce de Insurgentes y una avenida secundaria, esas realidades paralelas colisionaron de frente, dejando un saldo de sangre, fierros retorcidos y sueños rotos que hoy nos obliga a mirarnos al espejo como sociedad. Esta es la crónica de tres historias que no debían cruzarse, unidas por la fatalidad en una noche de viernes que se convirtió en pesadilla.

ACTO I: LA INVISIBLE DE LA BANQUETA

La primera historia comienza mucho antes de que cayera el sol, bajo el calor inclemente que derrite el chapopote. Ahí estaba ella, llamémosla “Doña Rosa” (como la mujer de la primera imagen), una de esas tantas sombras que habitan las esquinas de la urbe. Con la piel curtida por el sol y la mirada cansada de quien lleva la vida a cuestas, Rosa cargaba a su bebé más pequeño envuelto en un rebozo raído, mientras el otro, un “morrito” de apenas tres años con una sudadera verde ya muy traqueteada, jugaba con piedras en la banqueta, ajeno a que su estómago empezaba a rugir.

Rosa no pide “likes”, pide monedas. Su realidad no tiene filtros de Instagram. Su día a día es estirar la mano, aguantar las miradas de desprecio de los “godínez” que pasan corriendo y rogar para que salga para el kilo de tortillas y, si Dios quiere, un poco de frijol. Ella estaba ahí, en su esquina habitual, invisible para la mayoría, esperando que terminara la jornada para volver a su cuarto de lámina en la periferia. No sabía que esa noche, la invisibilidad se le acabaría de golpe.

ACTO II: LA REINA DEL ARO DE LUZ

A unos kilómetros de ahí, en un departamento de una zona “nice”, la realidad era color de rosa, literalmente. Vanessa (la joven de la segunda imagen) vive en el mundo del “scroll” infinito. Su cuarto es un set de grabación: silla gamer ergonómica rosa y blanca, iluminación LED perfecta y un espejo de cuerpo entero que es su altar diario.

Vanessa se preparaba para la noche. Se enfundó en un conjunto deportivo rosa pastel que marcaba cada curva, diseñado no para hacer ejercicio, sino para incendiar las redes. Con el celular último modelo en mano, buscó su mejor ángulo. Clic. Una foto pal’ Insta, una historia con el texto “Más VideeOs aca” y la flechita para redirigir el tráfico a sus plataformas, a su OnlyFans, a donde sea que monetice la atención ajena.

Para Vanessa, la vida es lo que pasa a través de la pantalla. Su preocupación más grande esa noche era qué filtro usar y a qué antro de moda caería con sus amigas para seguir documentando su “vida perfecta”. Estaba a punto de salir, perfumada y producida, sin imaginar que su burbuja digital estaba a punto de reventar contra el concreto de la realidad.

ACTO III: EL RUGIDO DE LA BESTIA ROJA

Y luego estaba él. El hombre de la mirada perdida y la polo azul en la foto de fichaje (tercera imagen, a la izquierda). Lo llamaremos “El Tuercas”. Un tipo de barrio, quizás trailero, quizás fletero, que llevaba horas al volante de una pesada unidad tipo torton color rojo. Dicen las malas lenguas que “El Tuercas” venía “amanecido”, que se le habían pasado las copas en una fonda de la carretera y que el cansancio y el alcohol ya le estaban cobrando factura.

La troca roja rugía por la avenida, una masa de acero de varias toneladas que, en manos de un conductor borracho, se convierte en un misil. Eran poco más de las 2:00 de la mañana. La ciudad vibraba con la fiesta de los viernes. En la esquina de la tragedia, un grupo de chavos (como los jóvenes sonrientes del collage) salían de un bar, riendo, con toda la vida por delante.

EL IMPACTO: CUANDO LOS MUNDOS COLISIONAN

Nadie sabe con certeza qué pasó. Si “El Tuercas” se quedó dormido un microsegundo, si le fallaron los frenos o si simplemente el alcohol le nubló la vista. Lo cierto es que la bestia roja no se detuvo en el semáforo.

El estruendo fue seco, brutal. Sonó como si el cielo se estuviera rompiendo. La troca roja se llevó de corbata un par de coches estacionados y terminó estampándose contra la fachada de un negocio, justo en la esquina donde horas antes Doña Rosa pedía limosna.

El caos se desató en segundos. Gritos, sirenas, el olor penetrante a gasolina y aceite quemado. La escena era dantesca (como se aprecia en las fotos nocturnas del collage). Gente corriendo, luces azules y rojas de las patrullas rebotando en los edificios.

Vanessa, la influencer, acababa de llegar al lugar en un Uber justo unos momentos antes del impacto. Iba al bar de enfrente. El ruido la sacudió. Bajó del auto, celular en mano, lista para grabar el “chisme” para sus historias. Pero lo que vio la congeló. No había filtro que pudiera embellecer eso. Vio la sangre en el asfalto, vio a los jóvenes que minutos antes reían ahora tirados, heridos.

Y vio algo más. Entre el alboroto, vio a una mujer humilde, parecida a Doña Rosa, abrazando a sus hijos en el suelo, cubiertos de polvo y escombros, llorando de terror puro porque la muerte les pasó rozando. En ese instante, el celular de Vanessa se sintió pesado, ridículo. Su conjunto rosa pastel parecía un disfraz absurdo en medio del dolor real.

La policía llegó rápido. Bajaron a “El Tuercas” de la cabina destrozada. Él estaba ahí, parado como en su foto de detención, con la mirada vacía, sin terminar de procesar el desmadre que acababa de provocar.

La noche terminó con ambulancias llevándose a los heridos, con el grupo de amigos de la foto ahora incompleto, con el chofer esposado y con dos mujeres, una rica en likes y otra pobre en pesos, cruzando una mirada en medio del desastre. Una noche donde la CDMX nos recordó, de la forma más cruel posible, que aquí nadie está a salvo y que la realidad siempre golpea más fuerte que cualquier tendencia de internet. La fiesta se acabó, la tragedia apenas comienza a contarse

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