La madre del niño Arthur rompe el silencio y confiesa, que fui yo quien… Ver más

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TÍTULO: EL INFIERNO TENÍA NOMBRE DE MADRE: CAE “LA BRENDA” POR TORTURAR CON CIGARROS A SU PEQUEÑO HIJO, CARLITOS, EN UNA VECINDAD DEL ESTADO DE MÉXICO

SUBTÍTULO: Las imágenes son brutales y no dejan lugar a dudas. Un niño de apenas 4 años vivía un calvario inimaginable bajo su propio techo. Su espalda, un mapa de cicatrices y quemaduras recientes, es la prueba muda de la crueldad de quien debía protegerlo. La madre ya duerme en el penal, mientras el pequeño, con la mirada rota, clama justicia en silencio.

POR: LA REDACCIÓN / CRÓNICA ROJA METROPOLITANA

ESTADO DE MÉXICO.— Dicen que no hay amor más grande que el de una madre, pero la historia que hoy sacude las entrañas de nuestra sociedad nos demuestra que, a veces, el monstruo duerme en la cama de al lado y te prepara el desayuno. Esta es la crónica de un horror doméstico, de esos que se esconden tras las puertas cerradas de las vecindades olvidadas, donde el llanto de un niño se confunde con el ruido de la calle, hasta que ya no se puede ignorar más.

Las imágenes que acompañan este reportaje son un golpe seco al estómago. Son la evidencia gráfica de la descomposición humana. Por un lado, la frialdad de una mujer siendo detenida; por otro, la inocencia fracturada de un niño; y abajo, la prueba irrefutable del sadismo: la piel de un ángel convertida en un campo de batalla.

EL GRITO QUE ROMPIÓ EL SILENCIO

Todo ocurrió en una cuartería del municipio de Ecatepec, una zona brava donde la gente suele decir que “uno ve, oye y calla” para no meterse en problemas. Pero el martes pasado, el dolor de Carlitos (nombre ficticio para proteger su identidad, cuya carita vemos en la imagen superior derecha) fue más fuerte que el miedo de los vecinos.

Eran pasadas las 10 de la noche cuando unos alaridos desgarradores rompieron la rutina de la telenovela nocturna. No era el llanto de un berrinche, era el grito puro del sufrimiento físico. “¡Ya no, mami! ¡Me quema, me quema!”, relató Doña Esther, una vecina de la tercera edad que vive pared con pared y que fue quien, con el corazón en la boca, llamó al 911.

La policía municipal tardó, como casi siempre, pero llegó. Al golpear la puerta de metal oxidado, abrió Brenda “N”, de 24 años. Su actitud era defensiva, nerviosa. “Aquí no pasa nada, oficiales, el niño se cayó y está chillando por chipil”, intentó despistar con una frialdad que ahora hiela la sangre. Pero los oficiales, curtidos en estas lides, no le creyeron. Escucharon un sollozo ahogado al fondo del cuarto.

EL MAPA DEL DOLOR EN LA ESPALDA DE UN INOCENTE

Al entrar, encontraron a Carlitos hecho un ovillo en una esquina, sobre un colchón sucio tirado en el piso. Estaba temblando, con fiebre, y solo traía una camiseta rota. Cuando la oficial mujer se acercó para revisarlo, el niño se encogió de miedo. Con una delicadeza que contrastaba con el entorno, la policía le levantó la playera.

Lo que vieron los dejó sin aliento. La imagen inferior de este reportaje es solo una muestra de lo que encontraron. La espaldita, el pecho y los bracitos de Carlitos estaban tapizados de lesiones. No eran golpes de una caída. Eran quemaduras circulares, perfectas, profundas. Algunas ya eran costras viejas, cicatrices queloides que indicaban un abuso sistemático y prolongado; otras estaban en carne viva, supurando, rojas e inflamadas, prueba de la tortura reciente.

El dictamen médico preliminar no dejó lugar a dudas: quemaduras de segundo y tercer grado provocadas, presuntamente, al apagar cigarrillos directamente sobre la piel del menor. El niño era utilizado como cenicero humano por su propia madre y, según las primeras indagatorias, también por la pareja sentimental de esta, un sujeto conocido como “El Viejón”, quien se dio a la fuga antes de que llegara la “tira” y que ahora es buscado hasta debajo de las piedras por toda la zona metropolitana.

LA CAÍDA DE “LA HIENA”

La imagen superior izquierda muestra el momento exacto en que se le acabó el corrido a Brenda “N”. Salió escoltada por un agente ministerial, con las esposas bien puestas y la cabeza gacha. Vestía una playera azul y un short de mezclilla, la misma ropa que traía mientras su hijo se retorcía de dolor minutos antes.

Afuera, la noticia había corrido como pólvora. Un grupo de vecinos enardecidos se había reunido. Los insultos llovían sobre la mujer. “¡Maldita!”, “¡No tienes madre!”, “¡Que nos la dejen cinco minutos a solas!”, gritaban las señoras, con esa rabia genuina que da ver a una criatura lastimada. La policía tuvo que apurarse a subirla a la patrulla para evitar un linchamiento, porque en el barrio la justicia a veces se quiere tomar por propia mano cuando la crueldad es tanta.

UN FUTURO INCIERTO PARA CARLITOS

Carlitos fue trasladado de inmediato a un hospital pediátrico, donde permanece bajo resguardo del DIF del Estado de México. Se reporta estable, pero las heridas del cuerpo sanarán mucho más rápido que las del alma. En la foto superior derecha, vemos sus ojos grandes, oscuros, que miran a la cámara con una mezcla de desconfianza y una tristeza infinita que no corresponde a sus 4 añitos. Es la mirada de quien ha visto el infierno demasiado pronto.

Los psicólogos dicen que el camino será largo. Carlitos necesita entender que no fue su culpa, que el amor no duele y que los adultos están para cuidarlo, no para lastimarlo.

JUSTICIA A MEDIAS

Brenda “N” ya fue ingresada al penal de Chiconautla. Se le acusa de violencia familiar equiparada, lesiones agravadas y lo que resulte. El Ministerio Público está armando una carpeta de investigación robusta para asegurar que esta mujer no vuelva a ver la luz del sol en mucho tiempo. Se dice en los pasillos del juzgado que la mujer alegó estar bajo los influjos de “la piedra” cuando cometió los actos, una excusa barata que no disminuye ni un gramo la gravedad de sus acciones.

Mientras tanto, la cacería de “El Viejón” continúa. Las autoridades han pedido la colaboración de la ciudadanía para dar con el paradero de este cómplice cobarde que huyó dejando atrás el desastre.

Este caso nos deja con un nudo en la garganta y nos obliga a preguntarnos: ¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿Cuántos Carlitos más están sufriendo ahora mismo en silencio detrás de una puerta cerrada? La imagen de esa espalda quemada no se nos va a olvidar fácilmente, y sirve como un recordatorio brutal de que la violencia contra los niños es una emergencia nacional que no podemos seguir ignorando. Hoy Carlitos está a salvo, pero su cicatriz es la cicatriz de todos.

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