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TÍTULAR: ¡MACABRO HALLAZGO AL AMANECER! LA “BELLA DURMIENTE” DEL TIRADERO: UNA JOVEN APARECE INCONSCIENTE EN UN SILLÓN OLVIDADO ENTRE LA MALEZA Y EL ESCOMBRO

SUBTÍTULO: La estampa surrealista y perturbadora de una “morra” vestida para la fiesta, pero abandonada como desecho en un lote baldío de la periferia, sacude a la comunidad. ¿Víctima de la delincuencia, un “after” que se salió de control o un mensaje siniestro? Las autoridades se topan con un misterio envuelto en silencio y basura.

POR: LA REDACCIÓN / CRÓNICA ROJA METROPOLITANA

CIUDAD DE MÉXICO (O quizás en algún municipio conurbado del Estado de México, donde la mancha urbana se desdibuja entre el gris del cemento y el verde del olvido).– La madrugada de este martes olía a fierro viejo, a tierra mojada y a esa mezcla rancia de desperdicios que se acumulan cuando la ciudad le da la espalda a sus propios rincones. El sol apenas comenzaba a pintar de naranja el cielo brumoso sobre el predio conocido por los vecinos como “El Hoyo”, un lote baldío de esos que sirven de basurero clandestino, refugio de malvivientes y cementerio de muebles que ya no cupieron en ninguna casa.

Fue ahí, entre el cascajo, las botellas de plástico vacías y la hierba crecida que amenaza con tragárselo todo, donde la realidad superó a la ficción con una imagen tan poética como aterradora.

El reporte llegó al 911 pasaditas las 7:00 de la mañana. La voz al otro lado de la línea, temblorosa y ronca –probablemente de algún vecino que sacaba a pasear al perro o de un “pepenador” madrugador–, alertaba sobre la presencia de “un cuerpo” en el tiradero ubicado en los límites de la colonia. Las unidades del cuadrante se movilizaron con esa mezcla de rutina y adrenalina que caracteriza a la “tira” en estas zonas bravas.

Al llegar, los oficiales se abrieron paso entre el escombro, siguiendo la vereda marcada por cientos de llantas viejas. Lo que encontraron no fue la escena de crimen sangrienta que quizás esperaban, sino algo mucho más extraño, casi una instalación artística macabra montada por el destino.

Ahí, en medio de la nada, como un trono de miseria erigido entre la basura, estaba un viejo sillón individual. Su tapicería, alguna vez quizás de un color vino o café elegante, estaba raída, manchada por la intemperie y el abandono, con los resortes pidiendo auxilio. Y sobre ese sillón, como si estuviera tomando una siesta en la sala de su casa, yacía ella.

Era una joven. Una “chava” de no más de 25 años, calculan los primeros respondientes. Su presencia ahí era un grito de contraste. No vestía harapos. Llevaba ropa de “antro”, de esas prendas que se eligen para una noche de viernes, no para una mañana de martes en un basurero. Un top negro moderno, con cortes atrevidos en el pecho (cut-out) que dejaban ver piel joven, y unos pantalones tipo cargo oscuros, funcionales, rematados con tenis de suela blanca que aún conservaban cierta limpieza, ajenos al lodo que los rodeaba.

Su cabello oscuro, con algunos mechones o luces más claras, caía desordenado sobre el respaldo mugriento del sillón. Estaba recostada sobre su lado derecho, con una mano sobre el abdomen y la otra caída lánguidamente hacia el respaldo. Sus ojos estaban cerrados. Parecía dormir plácidamente, ajena al entorno hostil, a las moscas que empezaban a zumbar y al frío de la mañana. Era, como la bautizaron rápidamente los curiosos que empezaron a llegar al mitote, “La Bella Durmiente del Tiradero”.

¿QUÉ LE PASÓ A LA “MORRA”? LAS HIPÓTESIS DEL BARRIO

La escena fue acordonada rápidamente con la clásica cinta amarilla que grita “PRECAUCIÓN”. Los paramédicos del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas (ERUM) llegaron para valorar a la joven. El suspiro de alivio fue colectivo cuando confirmaron que tenía signos vitales. Estaba viva, sí, pero completamente inconsciente. No reaccionaba a los estímulos verbales ni al dolor.

“Está ida, jefe. Bien ‘macizeada’. O se le pasaron las cucharadas con el alcohol, o le metieron algo muy fuerte en la bebida”, comentó uno de los socorristas por lo bajo a los agentes del Ministerio Público que arribaron para iniciar las indagatorias.

El traslado al hospital general más cercano se hizo de inmediato, en calidad de desconocida. No llevaba bolsa, ni celular, ni identificación visible en los bolsillos de ese pantalón cargo. Solo ella y el misterio de cómo terminó ahí.

Mientras la ambulancia se alejaba con la sirena abierta, el “chisme” en el barrio comenzó a hervir. La gente se arremolinaba detrás del cordón policial, cada uno con su teoría, cada uno más detective que el anterior.

“¡Qué fuerte, mano! Yo creo que venía de un ‘after’ de esos pesados que se arman en las bodegas de allá abajo”, teorizaba Doña Rosa, vecina del lugar con bolsa del mandado en mano. “A lo mejor la drogaron en la fiesta y los ‘amiguitos’, al ver que no reaccionaba, vinieron a botarla aquí como si fuera basura. ¡Qué poca madre de gente!”.

Otros, más fatalistas, veían señales más oscuras. “No se confíen. A lo mejor es un mensaje. La dejaron ahí sentadita para que la viéramos. Está muy raro que no tenga golpes visibles, ni sangre. Esto huele a algo más pesado, a cosas de la maña”, susurraba un señor de gorra, mirando de reojo a los policías de investigación que tomaban fotos al sillón vacío.

La imagen de la joven, tan arreglada pero tan vulnerable en ese entorno de descomposición, ha tocado una fibra sensible en una sociedad ya ciscada por la violencia y las desapariciones. ¿Quién es su familia? ¿La estarán buscando ahora mismo, marcando a un celular que ya no suena? ¿Salió el fin de semana con la promesa de volver temprano y terminó en esta pesadilla?

UN LLAMADO A LA COMUNIDAD

Hasta el cierre de esta edición, la identidad de la joven sigue siendo un enigma. Se espera que los exámenes toxicológicos en el hospital arrojen luz sobre qué sustancia la dejó en ese estado de indefensión total. Las autoridades están revisando cámaras de seguridad de las avenidas cercanas –aunque en esa zona las cámaras sirven más de adorno que de otra cosa– para tratar de identificar algún vehículo que pudiera haberla abandonado ahí durante la madrugada.

La Fiscalía ha hecho circular la fotografía de su ropa y sus características físicas (tez morena clara, complexión media, cabello oscuro con luces) en espera de que alguien la reconozca. Se hace un llamado a la “banda”: si alguien sabe de una amiga, prima o hermana que no llegó a dormir, que vestía ese top negro y esos pantalones cargo, que se acerquen al MP.

Por ahora, solo queda la imagen perturbadora. La prueba gráfica de cómo, en cuestión de horas, una persona puede pasar de estar en la fiesta, llena de vida, a convertirse en un bulto olvidado en un sillón viejo a merced de la suerte. El “Tiradero del Hoyo” volvió a su silencio habitual, pero el eco de este hallazgo sigue retumbando en la conciencia de todos los que vieron a la “Bella Durmiente” que nadie despertó con un beso.

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